Tuesday, June 24, 2008

La izquierda diluida

El alarmismo creado por la crisis económica mundial, y la creciente influencia de la derecha en los países más industrializados, está destapando los problemas que la izquierda tradicional tiene actualmente para articular un proyecto político definido.
Las banderas tradicionales de la izquierda (internacionalismo, intervencionismo económico, democracia popular, estado del bienestar, redistribución de la riqueza...) se han visto relegadas al olvido tras la caída de dos símbolos de la izquierda: la caída de la URSS, y la crisis de la socialdemocracia nórdica en los 80.
En los 90 la socialdemocracia comenzó un viraje económico, apoyada en un periodo expansivo que le permitía jugar a la estrategia del violín: coger el instrumento con la izquierda, pero tocarlo con la derecha.
De este modo ganó predicamento la Tercera Vía de Anthony Giddens, se invitó a Bill Clinton a la Internacional Socialista, y se fragmentaba la unidad de actuación progresista en temas tan importantes como las Guerras Balcánicas o la más reciente Invasión de Irak.
Todo con tal de dejar atrás conceptos que la hábil política de comunicación de la derecha había situado en el lado oscuro.
Así, el socialismo, en cualquiera de sus vertientes, se vió tachada de ideología acabada, el famoso Fin de la Historia de Fukuyama, y muchos de sus planteamientos se vieron expulsados del debate público sin más debate que la mera tacha en pos de conquistar el poder, cualquiera que fuera el medio.
En las circunstancias que nos encontramos, con una derecha que ha ocupado, mediáticamente, el espacio comprendido entre centro, si es que existe, y extrema derecha, ¿no es tiempo de que la izquierda salga de su letargo y procure recuperar sus bases?
El socialismo es una ideología con recorrido, con pasado y presente, pero, sobre todo, con futuro.
Los problemas de los trabajadores son diferentes, por supuesto que sí, pero siguen siendo la clase que más intensamente sufre las consecuencias de las decisiones que toman una élite dirigente que sigue siendo fiel reflejo de los intereses de la burguesía.
Las desigualdades siguen asolando al mundo, como sucedía hace 50 años. El capitalismo neoliberal no ha mejorado la calidad de vida de los más pobres. En todo caso ha nutrido cifras macroeconómicas a base de una producción insostenible y apoyándose en la máquina del consumo.
El internacionalismo sigue siendo el vehículo espacio-temporal necesario para que la izquierda pueda articular un discurso coherente. Los nacionalismo autocalificado de izquierdas no hacen más que despreciar a las clases populares en favor de conceptos míticos e irracionales, como son la nación y la tierra.
La izquierda necesita actualizarse, pero sin olvidar sus raíces. Necesita adaptarse a la realidad que nos rodea, pero sin suplantar espectros ideológicos ajenos al nuestro.
Desde Keynes y Kautsky, no hay aportaciones relevantes al núcleo duro de las teorías de izquierda. Los intelectuales de izquierdas o bien no son escuchados, o bien adoptan meras poses, abrazando el izquierdismo de salón, bien retribuido y escasamente reivindicativo, aunque incendiario.
La izquierda necesita una redefinición ideológica que la vuelva situar allí de donde nunca debió salir, tal y como Willy Brandt decía, "a la cabeza de los trabajadores y las clases populares"

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